¡Qué nivel!

Los que vivimos en búsqueda de aventuras, estamos dispuestos a ir donde sea con tal de "pegar buen ride", como se dice coloquialmente aquí en Costa Rica. 

Recientemente encontramos en la página Qué Buen Lugar una recomendación a una ruta mágica, llena de retos y obstáculos, con la recompensa final de una catarata alta hasta el cielo. Gracias a las sugerencias e indicaciones de esta página fue que logramos hacer esta ruta - no recomiendo que se aventuren a intentarlo sin seguirlas. 

El viaje comenzó tarde, como todos los viajes con grupos grandes, pero con excelente actitud, dispuestos a pasarla bien. Empezamos la larga caminata (en total se hacen 7km hasta la catarata y luego otros 7 de vuelta), pasando por calles y ríos y luego se comienza uno a internar en el bosque - un hermoso bosque primario, pisado originalmente por tribus aborígenes de la zona y luego por españoles conquistadores (cerca hay varias rutas originales de esta época). Entre árboles y ramas caídas, terreno irregular, pasadas de ríos, piedras grandes que hay que trepar, va descubriendo uno el camino; poco a poco vas perdiendo la noción de la ciudad y lo único que se escucha es el escándalo de las chicharras, lo único que se siente es el frío húmedo del bosque guapileño. 

La ruta es demandante físicamente, con mucha distancia por recorrer y terreno muy irregular que dificulta el paso rápido, pero es, por mucho, la ruta más interesante que he recorrido. Tiene variedad de vistas y faunas, tiene retos en medio que son entretenidos y tiene al final la hermosa catarata, que parece alzarse por encima de uno mucho más de lo que realmente es (90m). 

Cuenta la leyenda que el agua helada que cae al pie de la catarata del río Blanco es rejuvenecedora, así que si uno se consume en ella, tendrá 100 años de juventud. En realidad la leyenda nos la inventamos nosotros, pero lo que es cierto es que, al comenzar a acercarse a la catarata, peleando contra el agua fría que salpica y la corriente un tanto fuerte que trae consigo el río, se puede sentir muy claramente el poder de la naturaleza. Luego de sumergir la cabeza en el agua helada, además, siente uno aún más esta fuerza natural, que te deja aunque sea solo por unos cuantos segundos, sin aire. 

Hoy, luego de más de una semana de haber recorrido este terreno tan impresionante, aún siento mi alma revitalizada por este recorrido empapantemente divertido. 

El conejo y la luna

Cuenta la leyenda maya que, hace mucho tiempo, en una pradera acariciada suavemente por la luz del atardecer, una hermosa mujer descansaba junto al arroyo, vestida de hermosas plumas. Se trataba de Zulu, la diosa del sol, quien había caminado largo tiempo, hasta que sus pies se cansaron y se vio obligada a sentarse a recuperar fuerzas. Su estómago crujía y a su alrededor no había más que hierba; la luna se asomaba gloriosa en el cielo ya oscuro.

Zulu miró a su izquierda y, caminando por el río, observó una coneja que había salido de su madriguera para cenar. La diosa se acercó a la coneja y preguntó qué comería. Bonnie ofreció un poco de zacate a Zulu, quién explicó que no era algo que pudiera comer y que pronto moriría de hambre. La humilde conejita se ofreció como alimento para Zulu, a lo que la diosa contestó conmovida:

"Tal vez seas solo una conejita pero ahora todo el mundo te recordará para siempre."

Dicho esto, la tomó en sus manos y la alzó bastante alto - lo suficiente para que Bonnie abrazara la luna y dejara su sombra plasmada contra ella. 

"Ahora tienes un retrato eterno", clamó la diosa mientras se transformaba en una serpiente emplumada y partía hacia el sol, ya que este acto de bondad le había devuelto las fuerzas necesarias para regresar al cielo. 

Bajo este concepto es que la diseñadora costarricense Moma Zúñiga desarrolla su colección, teniendo siempre en cuenta detalles minuciosos, textiles y colores hechos a mano, inspirados en la leyenda. Además genera un juego con las prendas y su versatilidad.  

Magia Natural

Siempre uno tiene lugares favoritos, donde la mente le gusta divagar cuando tiene tiempo libre. O quizás el lugar seguro que te gusta visitar para escapar la fea, tensa o aburrida realidad de alguna situación. A veces, la gente imagina estar en la playa, sintiendo la brisa fresca, bajo unas palmeras, tomando agua de pipa y oyendo de fondo el sonido de las olas del mar. Para otras personas, su lugar mágico puede ser en un río, sintiendo las frías corrientes, apoyado en una piedra, refugiado del sol de medio día por la sombra de los árboles, oyendo los pájaros cantar.

Mi escape, en cambio, es dentro de las montañas: caminando en los senderos, llenándome los zapatos de tierra, rodeada de árboles, sintiendo el aire frío debido a la altura, pero sin sentir necesidad de cubrirme por el calor generado por mi propio cuerpo. Sentarme al lado (o arriba) de un árbol, sentir su corteza, ver sus ramas bailar con el viento, oír toda la vida que habita allí dentro. Llegar, al final de la deliciosa (e incluso a veces cansada) caminata, al tope, a la cima, a lo más alto de la montaña, donde se respira un aire diferente, con una vista desde otro ángulo. Sentirme la reina del mundo, viendo el paisaje, pensar que todo lo que toca la luz me pertenece, entender que soy minúscula en este enorme universo.

Trato de huir a este lugar seguro cada vez que puedo, subiendo al volcán Irazú, o al parque de Prusia (mi favorito por siempre), por ejemplo. La mejor y más alta expresión de montañismo que he vivido en mi vida fue hace ya varios meses; casi medio año en realidad ha pasado y yo no logro dejar de sentir mi piso moverse cuando pienso en esta experiencia. En agosto del año pasado tuve la hermosa oportunidad de subir el Chirripó, el punto más alto de nuestro bellísimo y pequeñísimo país, con sus 3820 metros sobre el nivel del mar, imponente sobre todas las montañas y los parques nacionales de nuestro país. 

Los detalles de la subida quedan de lado en esta ocasión - la dificultad, la sudada, la belleza, la impresión; pero el sentimiento de grandeza, de magnificencia, de esta experiencia, queda conmigo ahora y siempre.